Un Atlético sin alma ni sustancia se fue por enésima vez con el orgullo entre las piernas tras un prodigioso ejercicio de autodestrucción en Stamford Bridge. Que anoche estuviera la marabunta del Chelsea delante no esconde la cruda realidad que azota a la escuadra del Manzanares: los peores enemigos del conjunto rojiblanco son sus propios jugadores. Ni Freud, el inventor del psicoanálisis, sería capaz de explicar los males que azotan a un plantel que pierde los partidos antes de jugarlos por mucho empeño que ponga en la tarea su todavía técnico Abel Resino. La falta de contundencia de la defensa, más tierna que el día de la madre, provoca situaciones surrealistas, como las que protagonizó Juanito en Pamplona y repitió anoche con creces Perea. Negado donde los haya, y más en un club repleto de incompetentes, el colombiano, que cerró su actuación con un gol en propia puerta, hipotecó a un equipo al que sólo un milagro metería en los octavos de final. No parece que ése sea el problema que más apremia a Abel, cada vez más cerca de la tumba y al que ni siquiera una victoria el sábado contra el Mallorca garantizaría el porvenir.

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