Sorprendió la partida del volante argentino del Bayern, no porque nadie se la esperara (que con ella contaban todos, y eso desde hace mucho rato) sino por el momento, pues se esperaba que él jugador tuviera por lo menos la ambición de seguir intentándolo en Europa.
Pero ese es quizás el principal problema (en lo personal) de Sosa, su falta de ambición. Por eso regresa al mismo sitio de donde salió.
Lo de “El Principito” es una triste historia llena de malentendidos (de parte del Bayern) y de “hambre” (de parte de Sosa).
Sobre el jugador quiero decir que no por su carencia de ambiciones es alguien menos valioso, no, nadie está obligado a hacer todo por el triunfo, y tampoco es un pecado, ni demerita al ser humano, no entregarse obsesionadamente a hacer de sus talentos algo que quizás uno no quiere.
El problema es que en Munich todos son así, obsesivos, y el que no es así pierde. Sosa no es así, y no conozco sus razones, y perdió.
Pero el malentendido empezó por el Bayern, que herido en su orgullo tras haber perdido el duelo para fichar en su momento en Argentina a Sergio Agüero, se dedicó a buscar un “joven y promisorio talento”. La respuesta fue Sosa.
Pero Sosa para triunfar necesitaba lo que tenía en su patria: un entorno que lo adorara, lo protegiera y construyera en torno suyo.
En Munich se encontró de un día al otro con grandes expectativas, aún más grandes exigencias, sin un entorno calido, y como uno más.
Por otro lado al argentino le sobraron oportunidades, con Hitzfeld no, pero con Klinsmann (y en especial con Martín Vásquez, su asistente) se le abrieron las perspectivas y tenía de su lado a un entrenador dispuesto a construir con y para él; pero Sosa no estaba dispuesto a responder a lo que ese plan demandaba.
Klinsmann se fue sin haber podido darle una mano a Sosa, luego llegó el interino Haynckes, que también (porque habla español) se fijo en él, lo entendió, demostró ganas de ponerlo y respaldarlo, pero chocó contra un muro donde las promesas (el talento exhibido en los entrenamientos) se quedaban en promesas.
Cuando van Gaal llegó y anunció que quería un 10, o por lo menos una figura central en el medio, fijó sus ojos en Sosa, aún con mayor intensidad cuando Ribéry lo retó y le dijo al nuevo entrenador del Bayern, que esa posición no le interesaba.
Pero Sosa volvió a decepcionar. Sosa no dio la más mínima muestra de querer despegar como un cohete, por el contrario, parecía cómodo y satisfecho con sólo entrenar.
Y ahora está en Argentina, y seguro que allí brilla…














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